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EPISODIO CERO:
EL UNIVERSO EN UN CLICK

RESUMENdfgdfhgddhddfgdfhgddhddfgdfhgddhddfgdfhgddhddfgdfhgddhddfgdfhgddhddfgdfhgddhddfgdfhgddhddfgdfhgddhddfgdfhgddhddfgdfhgddhddfgdfhgddhddfgdfhgddhddfgdfhgddhddfgdfhgddhddfgdfhgddhddfgdfhgddhd


TRANSCRIPCIÓN

We lived on farms,
then we lived in cities,
and now we're going to live on the internet!

[The Social Network]

[MOSAICO DE VOCES] «No doy mi consentimiento para que Meta use las imágenes, videos, audios o cualquier contenido multimedia subido por mí a ninguna de las plataformas que formen parte del grupo empresarial Meta, para ningún uso relacionado con la Inteligencia Artificial».

¿Se les hace conocido ese mensaje? ¿Lo vieron en alguna parte? ¿Quizás en las historias de instagram de sus amigos, o en las publicaciones de Facebook de sus familiares? Incluso hasta en estados y cadenas de Whatsapp… Corría junio de 2024 cuando las redes sociales se inundaron con publicaciones que lo replicaban. Artistas, influencers, personas del común instaban a sus seguidores a llenar un formulario de objeción que protegería sus datos de ser utilizados en el entrenamiento de tecnologías de Inteligencia Artificial de Meta, la compañía matriz de esas plataformas.Quizás hasta les parezca haber leído o escuchado ese mensaje antes, y es que por lo menos desde 2021 circulan en España, Argentina y Colombia cadenas similares que denotan una genuina preocupación frente al uso de los datos que subimos a internet.La viralización de estas palabras en junio de 2024 se debe al anuncio, por parte de la compañía tecnológica, de una actualización en sus políticas de privacidad que entraría en efecto el 26 de junio. Se presumía que desde esa fecha en adelante toda la información –llámese imágenes, fotografías, contenidos audiovisuales, textos y demás– disponible publicamente en las plataformas de Meta, como Instagram, Facebook y Whatsapp sería utilizada para alimentar la base de datos que hace posible sus programas de inteligencia artificial generativa de uso investigativo y comercial. Eso incluía datos sobre personas que no utilizaran estas plataformas pero que aparecieran publicadas en ellas, por ejemplo, a través de una fotografía subida por un amigo.El formulario de objeción, por su parte, era real, pero solo estaba disponible para ciudadanos de la Unión Europea y del Reino Unido, debido a que el Reglamento General de Protección de Datos que rige el territorio europeo obligaba a la empresa a ofrecerle a los usuarios la opción de desligarse del programa. En latinoamerica, en cambio, son muy escasas las legislaciones regionales y locales que protejan estrictamente la extracción de datos personales para uso comercial, y solo en Brasil es obligatorio que las empresas ofrezcan a los usuarios la opción de ser exluidos de sus bases de datos.Este suceso dejaría en evidencia no solo que la gran mayoría de los usuarios latinoamericanos carecemos de agencia frente a las formas en que las plataformas tecnológicas deciden utilizar nuestros datos, sino que la información pública de todos venía siendo utilizada por lo menos desde 2018 con el propósito de desarrollar programas de «inteligencia artificial generativa».Para darle magnitud al asunto, recordemos que el portal ARS technica había revelado en diciembre de 2023 que para entrenar el generador de imágenes por inteligencia artificial de Meta se utilizaron 1.1 billones de fotos extraídas de sus redes sociales.
En su ensayo de 2018 Capitalismo de plataformas, el profesor de Economía digital del King’s College en Londres, Nick Srnicheck describe las formas en que, con la llegada del siglo XXI y sus desarrollos tecnológicos, el capitalismo se volcó hacia los datos como un modo de mantener el crecimiento económico y la vitalidad de cara al inerte sector de la producción. Los datos, dice Srnichek, se han vuelto cada vez más centrales para las empresas y su relación con trabajadores, clientes y otros capitalistas. «La [noción de] plataforma emergió como un nuevo modelo de negocios, capaz de extraer y controlar una inmensa cantidad de datos, y con este cambio hemos visto el ascenso de grandes compañías monopólicas».
De esa convergencia entre vigilancia y actividad lucrativa, omnipresente ahora en la economía digital, se desprende la idea de «capitalismo de vigilancia» planteada por la socióloga estadounidense Shoshana Zuboff.Creo que pensar en los costos ocultos de las plataformas gratuitas que utilizamos a diario resulta cada día más imperativo y esencial para comprender que el modelo extractivista del que se nutren las llamadas «Inteligencias Artificiales» nos conscierne a todos.

EL UNIVERSO EN UN CLICK.A la par de la velocidad de los desarrollos tecnológicos, hemos creado una cultura de la conexión que atraviesa nuestros hábitos diarios, nuestra vida laboral y nuestro ocio.Lo instantáneo y volátil reina en internet: hace un tiempo que hacemos preguntas en una barra de búsqueda y esperamos respuestas completas y certeras. Nos acostumbramos a que en la luz de las pantallas frente a nosotros ocurra una magia que escapa nuestra comprensión y nos entrega justo lo que necesitamos en cuestión de segundos. Esto nos ha hecho más productivos, o eso suelen decirnos.Ya no resulta descabellado decir que la red no simula el mundo de afuera, sino que la red es también el mundo, y el planeta entero gira en torno a lo que sucede en ella. Nuestra rutina, nuestro trabajo y nuestros sueños: la vida está en internet, y lo que pasa en internet es la vida misma a una notificación de distancia.El filósofo y crítico cultural británico Mark Fisher lo planteaba de la siguiente forma: antes éramos nosotros los que íbamos hacia el internet; accedíamos a él de manera voluntaria a través de un computador. Sin embargo, desde que llevamos smartphones todo el tiempo con nosotros, vivimos inmersos en el ciberespacio. Ahora salir del ciberespacio representa un esfuerzo deliberado y demandante que va cargado de la ansiedad que produce no estar mirando la pantalla: una sensación de estarnos perdiendo algo, pues desconectarnos, aunque sea por un rato, implica quedarnos por fuera del mundo, excluidos de los «hechos» y los memes y todo lo que hacía que aburrirse fuera imposible.La vida en la web es una vida en la que la distracción es constante y ocupa; las lecturas del mundo son cada vez más fragmentadas y los espacios de contemplación y discusión desacelerada son desechados para favorecer reglas arbitrarias que promueven la brevedad de los formatos y la proliferación de objetos culturales en exceso, que terminan conformando una masa de cultura aburrida e insignificante que nadie lee, mira o escucha. Hay más gente haciendo pódcasts que personas escuchándolos.Resulta apenas natural que con la llegada de cada nuevo desarrollo tecnológico que se asoma y se impone, construyendo y deconstruyendo ese mundo, nuestro mundo, nos entreguemos juntos al asombro, a la conmoción, a la maravilla. Cómo no rendirnos a los pies de la última transformación camaleónica del capitalismo, tan preocupado por mantenernos entretenidos que encontró la manera de diseñar el juguete de infinitas posibilidades y formas, o el último y único juguete necesario para navegar por la red, ese océano de información que ahora parece reducirse como nunca para ser abarcable una pregunta a la vez.¡Es que tenemos la oportunidad de conversar casualmente con un interlocutor que no solo habita nuestros dispositivos, sino que también parece comprendernos, cada vez más, a nosotros y a nuestro lenguaje! Un interlocutor que, además de conversar, nos ofrece respuestas inmediatas que superan las capacidades de cualquier humano que hayamos conocido o vayamos a conocer: puede hacer cálculos, citar datos históricos, explicar teorías científicas, y hasta sintetizar movimientos artísticos, ¿quién podría responder a tantas preguntas de tantos temas diferentes con la velocidad con la que lo hace una «Inteligencia artificial»?

[MAURICIO LIZCANO] «Con esto respondo la pregunta de cuáles son los retos para la humanidad y por qué nosotros creemos que la inteligencia artificial es la tecnología más disruptiva en la historia de la humanidad: los teléfonos móviles duraron para llegar a 100 millones de usuarios 16 años, internet duró 7 años para llegar a 100 millones de usuarios. Facebook 4.5, Whatsapp 3.5, Instagram 2.5 años, TikTok 9 meses. Chat GPT para llegar a 100 millones de usuarios duró dos meses».

Lo que dijo Mauricio Lizcano, el entonces Ministro de las TIC en la Universidad Icesi en febrero de 2024 es verdad: desde que Open AI lanzó Chat-GPT al público, en noviembre de 2022, su adopción e inserción en la vida de todos ha alcanzado un ritmo sin precedentes, enfrentándonos a una capacidad de almacenamiento de información y gestión del conocimiento inaudita y disruptora, y para la que no estábamos preparados como sociedad.Para un informe publicado en agosto de 2023, menos de un año después, la consultora estratégica McKinsey & Company encuestó a 1684 representantes de empresas de todo el mundo, de los cuales 913 —el 54,2%— respondieron que sus organizaciones habían adoptado con regularidad algún software de Inteligencia Artificial en al menos una función empresarial.Y claro: ¿no es maravilloso un invento que, en el papel, promete darle a cada ciudadano con acceso a internet la posibilidad de conversar con una biblioteca universal en la que el catálogo lo conforman los catálogos de todas las bibliotecas del mundo? Es la biblioteca de Babel de Borges al alcance de todos. Ahora cada uno puede tocar el infinito con la ayuda de su dispositivo de preferencia, sin necesidad de conocimientos especializados, habilidades de bibliotecología o de programación, y la puesta en escena de Chat GPT fue apenas el inicio de una ola de herramientas, servicios y productos cada vez más potentes que aparecerían en el campo de la Inteligencia Artificial, y que en cuestión de meses nos volverían a deslumbrar una y otra vez con la generación de imágenes tan reales como las fotografías que tomaría una cámara, la creación de ilustraciones complejas a partir de simples frases escritas y la aparición de canciones inéditas de músicos sin cuerpo.Gemini, Claude, la IA de Meta, Midjourney, Dall-E, Stable Siffusion, Sora y Suno son algunos de los Modelos Generativos que han aparecido en los últimos años y que han tomado a los legisladores, las empresas, los artistas y el público general por sorpresa. De repente, un programa de software podría, con una instrucción escrita en lenguaje natural, escribir una novela, un guion cinematográfico, un poema; también pintar una imagen o diseñar un logotipo; e incluso saltar directo de la composición musical a la grabación y producción de una canción.Frotar la lámpara para invocar al genio que cumple deseos ya no es una fantasía literaria: basta con escribir unas cuantas palabras en el teléfono para hacerlo aparecer frente a nosotros.
¿Y ante tanto deslumbramiento qué nos queda? Hacernos preguntas, volver a lo que dábamos por sentado, a lo que nos parecía obvio: ¿qué es crear, si una máquina también puede hacerlo? ¿Qué es el arte, sino una expresión intrínsecamente humana? ¿Qué es la inteligencia? ¿Cómo definimos si algo es inteligente o no, cómo juzgarlo? ¿La inteligencia es lo que nos separa de los demás seres y entes que habitan y puedan habitar el mundo? ¿O es el lenguaje? ¿Qué nos hace humanos? ¿La razón, la consciencia, la capacidad para experimentar emociones? ¿Saber que vamos a morir?
Esto nos pone ante un escenario fabuloso. Un momento especial, como lo expresa Benjamín Labatut, escritor chileno que acaba de publicar una novela sobre algunos de los personajes que imaginaron la inteligencia artificial hace varias décadas:

[BENJAMÍN LABATUT] «Estamos realmente enfrentados a preguntas que… hace mucho tiempo que una técnica no ponía en jaque la esencia del humano. Y en ese sentido, ¿cómo no va a ser fascinante que las conversaciones ahora, en las reuniones de científicos, tengan que ver sobre la conciencia, la existencia de la inteligencia en sustratos que no son humanos, el alma, si es que existe o no. Es un momento único. Eso para mí es un segundo despertar equivalente, por ejemplo, a lo que significó la mecánica cuántica, que realmente ha cambiado el mundo de muchas maneras».

Hay algo que quiero aclarar: este pódcast no es, en todo caso, un intento por desdeñar del asombro o de la ingenuidad que en ocasiones son fundamentales para maravillarse del mundo, para conectar y darle sentido a una existencia muchas veces absurda e inexplicable, o para hacer poesía. La idea es hacerle resistencia a un modelo capitalista que, como estrategia de mercadeo, pretende hacer pasar lo misterioso por incomprensible; lo novedoso como imprescindible y necesario; lo artificioso como magia y, en suma, lo que hacen las inteligencias artificiales como algo que no son, que no hacen realmente. Empezando por su nombre, que solo puedo ver como un término intencionalmente deshonesto y ambiguo.Levantando el telón para descubrir los engranajes del artificio, he encontrado que la «inteligencia artificial», cuyo nombre pronuncio de ahora en adelante mientras contraigo y extiendo repetidamente los dedos índice y corazón, no solo es una ilusión, sino que para funcionar correctamente, es decir, para aparentar ser lo que no es y hacer lo que no puede, necesita de un modelo extractivista que roba y corrompe el trabajo de humanos que en su mayoría viven y vivieron en la precariedad, sudando, llorando y creando arte para que el mundo fuera un lugar menos absurdo, para que la vida fuera un poco más abarcable, más entendible, más navegable; para que pudiéramos existir en el presente con una noción de pertenencia asociada a lo que hicimos como humanidad antes de que llegáramos nosotros; cuando moldeamos el mundo para que tuviera la apariencia que tiene ahora.Es en esa actualidad que la española Remedios Zafra, escritora, ensayista e investigadora del Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas escribe, en su ensayo de 2017 El entusiasmo, que «el contexto de estos sujetos creadores estaría definido por su infiltración en trabajos y prácticas temporales y en vidas permanentemente conectadas. Sujetos envueltos en precariedad y travestidos de un entusiasmo fingido, usado para aumentar su productividad a cambio de pagos simbólicos [y de la ilusión que sostiene] una vida permanentemente pospuesta, una cesión del tiempo de creación al futuro, una encadenada y constante inversión para lograr recursos mínimos pero suficientes, proporcionando algo de dinero y restando a esa pulsión [de creación que punza y arrastra] gran parte del tiempo, cedido ahora al sustento y la apariencia».Ahora, ese esfuerzo que hacía que la chispa de la belleza perdurara en el tiempo, consignada en registros y formatos diversos como el rastro tangible de esa pulsión, está siendo explotado como la materia prima de máquinas homogeneizadoras que supuestamente crean, aunque hubieran sido programadas para apuntar a lo genérico sin comprensión alguna de significados ni capacidades de interpretación de símbolos lingüísticos más allá del reconocimiento probabilístico de patrones.Es que no habría magia, ni eficacia, ni velocidad en la «Inteligencia Artificial» sin el trabajo de los humanos que no trabajaron con magia, sino con esfuerzo, sin impoluta «eficacia», sino a base de errores, fracasos y dudas; y sin velocidad, sino con el tiempo que dura una vida entera. Diría el poeta chileno Raúl Zurita que «la tarea no era escribir poemas ni pintar cuadros; la tarea era hacer de la vida una obra maestra y los restos triturados de esa tarea cubren la tierra como si fueran los escombros de una batalla atrozmente perdida».¿Qué panorama nos deja eso a nosotros? ¿A mi camada, y a los que vienen después, que ahora salimos a explorar el mundo y queremos contar nuestra propia historia? ¿Cómo hacer arte en un presente que no nos da opciones para vivir dignamente? ¿Cómo hacer arte cuando la oferta de productos artísticos en la web, ahora llamados «contenidos», está sobresaturada, cuando ni las películas, ni las series, ni las canciones parecieran tener ya valor alguno, pues «todo» está ahí, aparentemente disponible para todos en las plataformas de streaming, pero sujeto no solo a la arbitraria disponibilidad y curaduría de quienes controlan las plataformas, sino también al sostenimiento perpetuo de la nube, otro concepto etéreo que nunca logramos visualizar como una infraestructura tangible, compuesta por cables interoceánicos con dueño y servidores inmensos que consumen energía y agua? ¿Cómo no rendirse con el arte cuando la existencia pareciera estar relacionada directamente con un deber ser productivo para la sociedad, y no con nuestro deseo? ¿Cómo insistir con esto cuando el tiempo se nos va haciendo lo que tenemos que hacer, y no lo que queremos? ¿Cómo, cuando nosotros mismos relegamos la creación al plano secundario de lo ocioso, de lo que hacemos cuando nos sobra algo de tiempo libre?Los escritores de Hollywood supieron reaccionar de forma temprana a la amenaza que la adopción de la IA generativa en los estudios de producción de cine y televisión podría representar para su trabajo y, en 2023, sostuvieron una huelga de 148 días motivados, entre otras cosas, por una necesidad de regular su uso en la industria.Scarlett Johansson, la actriz que interpreta la voz de Samantha, el sistema operativo que conversa con Theodore en la película Her, de Spike Jonze; denunció en mayo de 2024, justo después de que Open AI lanzara al público su nueva y coqueta asistente de voz incluida en la versión 4o de Chat GPT, que solo unos días atrás Sam Altman, el director ejecutivo de la empresa tecnológica, le había pedido personalmente que considerara vincularse con un contrato de licenciamiento de su voz, y ella se había negado. Sin embargo, la voz de Sky, como la bautizaron, sonaba tan atrevidamente similar a la de Johansson en Her, que pocos días después fue retirada del uso público.Aunque este momento sea especial, y los desarrollos tecnológicos hayan edificado los cimientos de una cultura digital que nosotros mismos hemos adoptado y que, desde muchas perspectivas, nos ha hecho la vida más fácil, empiezo a sentir un hedor a podredumbre escondido entre todo lo que nos han dicho los supuestos sabios del siglo XXI: Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg y, ahora, Sam Altman; los directores ejecutivos de las empresas tecnológicas que se levantan cada día a pensar cómo controlarnos un poquito más.Que este momento sea, entonces, la oportunidad para reflexionar al respecto del trabajo creativo, sector que hoy permanece irreversiblemente conectado a la web, para usar las palabras de Zafra, y pareciera estar en un punto de quiebre gracias a la popularización de uno de los desarrollos tecnológicos más deslumbrantes y cautivadores de los últimos tiempos: la «Inteligencia Artificial Generativa».¿Se viene una explosión de creatividad, un boom en la producción de objetos culturales y artísticos que hablen del mundo en el que vivimos desde aristas y ángulos cada vez más diversos, incluyentes y nuevos, gracias a la bendita democratización de la cultura y de las herramientas para la producción de arte; o un declive irreversible no solo en la calidad del arte producido sino también en la calidad de vida de los artistas que la producen, o en otras palabras, una profundización de la precariedad de los entornos culturales?

En su ensayo The Game, el escritor, dramaturgo y músico italiano Alessandro Baricco describe una de las premisas fundamentales sobre el funcionamiento de la Web, pensada desde su concepción por Tim Berners-Lee: «a la Web podías entrar por cualquier lado y, sin importar la entrada que escogieras, esa siempre sería la puerta principal, y nunca la única puerta principal». En el espíritu de entender lo que está pasando –y lo que viene– ahora que hablamos de «Inteligencias Artificiales generativas», pretendo, con este pódcast, explorar a fondo no solo la lógica computacional detrás de estas tecnologías, sino también varias perspectivas y reacciones de artistas, escritores, músicos, gestores culturales, cineastas, editores, académicos, abogados y periodistas que nos permitan, más que encontrar respuestas certeras o fórmulas de supervivencia, hacernos preguntas que hagan de puertas de entrada para asimilar lo que estas nuevas tecnologías imponen y determinan en nuestras vidas, y para imaginar futuros posibles en los que la creatividad pueda florecer en un entorno más justo para todos.Mi nombre es Santiago Nieto Aristizábal, y es un gusto para mí presentarles Pensar la IA, un pódcast sobre la intersección entre «Inteligencia Artificial» y trabajo creativo.La grabación de voz se llevó a cabo en Acústica, laboratorio sonoro de la Escuela de Artes y Humanidades de la Universidad EAFIT. Mi agradecimiento a Santiago Palomino por su generosa asistencia técnica y logística durante las sesiones de grabación.Toda la música original fue compuesta, grabada y producida por Juan Pablo Méndez.La imagen de portada fue realizada por María Duque.Para el episodio cero utilicé un fragmento sonoro de la película The Social Network, dirigida por David Fincher. Además, utilicé un fragmento de una conferencia del entonces Ministro de las TIC, Mauricio Lizcano, que grabé en la Universidad Icesi; y de una entrevista de Benjamín Labatut publicada en el canal de Youtube de BTG Pactual Chile.La investigación periodística y la dirección general estuvieron a mi cargo, con la asesoría de María Juliana Soto.Gracias por escuchar este pódcast hecho por humanos.

EPISODIO UNO:
EL GRAN TRUCO


TRANSCRIPCIÓN

La palabra misterio hay que aplastarla
como se aplasta una pulga,
entre los dos pulgares.
La palabra misterio ya no explica nada.
Ricardo Zelarayán.[Los delincuentes]

Mi nombre es Santiago Nieto Aristizábal y tuve mi primer «emprendimiento periodístico» cuando tenía 9 años: un boletín de noticias que llegaba quincenalmente a la bandeja de correo electrónico de todos mis compañeros del colegio y de mis familiares. Parecido en funcionalidad a las newsletters que todavía hoy envían a sus suscriptores los grandes medios de comunicación; en 2007 el mío se llamaba «Periódico Supersanty».Mi rol entonces era el de curador de noticias. Leía en internet, o en las revistas que encontraba en mi casa, como Semana o la National Geographic, y las noticias que más me interesaban las replicaba en mi boletín. Aunque no tenía un permiso legal para divulgar esos contenidos, y todavía me faltaban unos cuantos años para escuchar y entender algo sobre derechos de autor, daba el crédito a la fuente de donde los había extraído. En ese inocente impulso creativo me sentía con la libertad de elegir utilizarlos, pero reconocía que no eran de mi autoría.Y también escribía. Hablaba sobre las películas o los libros que me gustaban –y sobre las que no también–, y recirculaba noticias que me parecían interesantes, obviamente desde el arbitrario criterio curatorial de un niño de nueve años.Al parecer me sobraban el tiempo libre y las ganas de mostrar cosas, de compartir con otros mi experiencia en el mundo, de ser leído y obtener respuestas. Todo eso disimulado en un pasatiempo que era más un divertimento que otra cosa. Anhelaba, quizás inconscientemente, vincularme con los otros: enviaba un correo electrónico como si fuera un mensaje en una botella, pero pretendía que el océano me regresara algo a cambio: algo que me diera la certeza de que podía ser escuchado. De que mi mensaje había tocado tierra en algún lugar lejos de mi escritorio.Hoy leo a Remedios Zafra, escritora, ensayista e investigadora de filosofía; que escribe en su ensayo El entusiasmo: precariedad y trabajo creativo en la era digital sobre cómo «la apropiación recontextualiza lo que vemos, haciendo confuso su pasado, haciendo propias las imágenes de otros bajo la promesa de una creación colectiva tintada de utopía y potencia», y no puedo evitar pensar que ese Santiago de nueve años hacía ya, desde entonces, eso que hacemos hoy todo el tiempo sin parar un segundo a pensar: retuitear, repostear, repetir, circular, compartir. Todo el día y a toda hora. Desde la orilla del mundo que nos toca, alzamos banderas que demuestran que estamos vivos, que dicen «aquí estoy, conectado, presente», en un lenguaje que es nuestro pero que también es de todos, a través de palabras y de símbolos, imágenes, representaciones, fotos, dibujos y stickers que dicen sin decir y que muchas veces no son creaciones nuestras, aunque asumamos una suerte de libertad para hacer con ellas lo que queramos.En ese contexto, y como lo plantea en su libro El discurso híbrido la argentina Silvia Ramírez Gelbes, doctora en lingüistica, los usuarios de internet buscamos, leemos, enlazamos, compartimos y completamos. Sin embargo, me atrevo a añadir que ha ocurrido un cambio de paradigma: ahora los usuarios de internet buscamos, pero no enlazamos ni completamos, y quizás hayamos dejado incluso de leer. Obtenemos respuestas instantáneas de programas que parecen más humanos que máquinas, y luego compartimos esas respuestas. Pero, ¿qué es lo que realmente está pasando «detrás de cámaras», o mejor, «detrás de la pantalla», cuando le damos una instrucción a ChatGPT, Gemini o Dall-E? ¿Cuál es el truco bajo la manga?Bienvenidos a PENSAR LA IA, un pódcast sobre la intersección entre «Inteligencia Artificial» y trabajo creativo.Episodio uno: el gran truco.

UN PÓDCAST HECHO POR HUMANOS

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SANTIAGO NIETO ARISTIZÁBAL

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AGRADECIMIENTOS

A todas las personas que entrevisté: Manuela Gómez, Santiago Llach, Jorge Iván Agudelo, Santiago Rodas, Lucas Vargas Sierra, Tarsitano, Daniela López, Beatriz Botero, Tomás Molina, Javier Machicado, Pedro Adrián Zuluaga, Neil Turkewitz....A Marcela Ñañez, a Maria Juliana Soto y a la Editorial EAFIT, que padecieron en formas curiosamente proporcionales mis demoras y mi procrastinación crónica; o más bien, que ejercieron el don de la paciencia mientras yo me ocupaba de este proyecto.A Marcel René Gutiérrez y Carmiña Cadavid, por prestarme sus voces para doblaje.Y a mi familia, por bancar siempre cualquier proyecto creativo que se me ocurra.